Hace unas semanas pinté en un muro donde ya habían dejado su trazo MESK, AMBS y otrxs escritores. No fue algo planeado entre todos, simplemente coincidimos. El muro se llenó poco a poco, como suele pasar: nombres y colores. Así se construye esta cultura. Así se construye ciudad.
Hoy pasé por ese mismo lugar y lo habían tapado. Otra vez.
Pintado de gris, como si borrar el graffiti fuera borrar lo que somos.
La alcaldía de Medellín, en cabeza de Fico, sigue usando la excusa de “recuperar el espacio público” para justificar la censura. Pero lo que hacen es vaciar la ciudad. Callarla. Negar una expresión legítima, presente en todas las esquinas, que no necesita permiso para existir.
No es la primera vez, ni será la última. Lo que duele no es solo que lo borren —sabemos que puede pasar— sino el desprecio sistemático hacia una práctica que forma parte de la identidad de siempre, un movimiento que apareció muy lejos y hace mucho tiempo.
El graffiti no es un adorno ni una “mancha” a limpiar.
Es testimonio. Es memoria. Es calle.







¿Quién se cree Medellín para pretender ser una ciudad sin graffiti?
¿De verdad ese es el modelo que quieren imponer?
Una ciudad limpia a la fuerza, sin rastros, sin conflictos, sin historia.
Una ciudad que tapa lo que incomoda no es una ciudad moderna. Es una ciudad controlada, superficial, vacía.
El graffiti es la piel de la ciudad.
Y una ciudad sin piel no tiene sensibilidad. No siente. No vive.
Seguiremos pintando. Porque lo hacemos por necesidad, por convicción y por derecho.
Porque las paredes también son nuestras.
Porque la calle no es solo de quien manda.
Hoy lo borraron. Mañana volverá a aparecer.
No nos van a borrar así de fácil.


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